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Slow slippy

        ​Slow slippy.

No es Trainspotting. Tampoco la secuela literaria de Irwin Welsh, Porno. No es una historia de venganza o reconciliación ni mucho menos de redenciones o rehabilitaciones. Aunque toca estos y otros temas su gran mérito es no centrarse en ninguno.

T2: Transpotting (Danny Boyle, 2017) es la falsa nostalgia de darse un toque después de tomarse un respiro de veinte años. Verla es como reencontrarse con el mareo y un hormigueo en las manos. Es como ser un cuarentón y besar con los labios adormecidos a una adolescente después de una larga abstinencia; a sabiendas de que no debes hacerlo, y que hacerlo no tendrá amables consecuencias. Una experiencia vetada para muchos. A pesar de la mentirosa nostalgia no puedes evitar un escalofrío que te recorre cuando escuchas: Choose life, choose designer lingerie, in the vain hope of kicking some life back into a dead relationship…

En T2 la estructura y el soundtrack se repiten, aunque a nadie parece molestar porque el desenlace de la película es lo menos importante, a nadie sorprende, a nadie marca. El argumento es lo que pesa, el camino de la película es lo que vale. Y como una lección de vida de los Sex Pistols cantando God sabe the queen: regresamos a lo mismo, no hay escape ni futuro para ti que seguirás aquí, por mucho que corras, por muy lejos a dónde vayas no has logrado nada, muchos menos has aprendido nada.

Esa falsedad revestida de viejas canciones te hizo creer que estos personajes son tus amigos. Que por alguna extraña y patética razón crees que puedes congeniar con cinco junkies escoceses clasemedieros adictos a la heroína, aun cuando la falta de dinero hace inaccesible el volverte adicto. Ni siquiera aficionado cuando el gramo cuesta más de ¡quinientos pesos! Si tienes acceso a la heroína en nada te pareces a los protagonistas del libro más robado en Inglaterra, y más leído en las prisiones de Gran Bretaña.

Los buenos adictos, y Danny Boyle, envejecen sin tener que ir dando lástima. Como perros viejos son bravos y astutos. Saben que pueden enseñar colmillos gruesos y afilados para no tener que dar una lucha que seguro perderán. Por eso Boyle no pretende entregar una nueva Trainspotting, mucho menos superarla; mejor que eso apuesta por generar nostalgia, ser un Virgilio delirante mostrándote que puedes apreciar el infierno, dándote un paseo turístico por tu juventud.

Es entonces cuando ves que a pesar de las distancias temporales y espaciales, no se siente tan mal volver a ver las caras de Renton, Sick Boy, Begbie y Spud, los tipos que al primer descuido fornicarían con tu mujer, robarían tu dinero, o te apuñalarían para salvarse. Porque los conoces, sabes quienes son, caminaron las mismas calles dónde dios existe pero no llega a tiempo. Habitaron las mismas casas dónde un amor puede salvarte, pero no es el amor que quieres. Sufrieron el mismo amor-odio paterno y compartieron la misma aguja.

Dany Boyle e Irving Welsh, encarnizado en una especie de alter ego en Spud, hacen de su relato de adictos escoceses un relato empático real, ofreciendo más de lo mismo, pero añadiendo escenas entrañables y tracks geniales, por ejemplo Silk de Wolf Alice


No sé si habrá alguien que no haya visto Trainspotting y pueda o quiera entender para disfrutar esta segunda parte. Sé con certeza que no me importa porque yo lo entiendo; porque estoy envejeciendo. Por eso es justo preguntarse, tal y como se lo preguntaron a Georgie Best: “¿Cuándo se jodió todo esto?”

Exactamente cuando se tocó la cima… 

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